Mi madre siempre ha sido de las que se ponen necias con el tema del estudio. Esa es una de sus preocupaciones capitales en lo que respecta a sus hijos. Y yo la entiendo, pero a veces se le va la mano. Y quizás se excede por lo que a ella le tocó vivir. Mi madre finalizó la escuela y la vida siguió, sin darle la oportunidad de finalizar el primer año de colegio.
No es que a mi madre "le costara" o que fuera una vaga. No, fue simplemente que debió empezar a trabajar, quedó embarazada, se casó, en fin, no le dió tiempo. A ella la ví con un libro en la mano, desde siempre. Ella era la que me regalaba libros para Navidad y es la que va a regatear a las compra ventas algo que quiere leer desde hace rato.
Pues un buen día, en una reunión familiar en la que ella empezó nuevamente con la cantaleta del estudio. Yo le solté que cómo era posible que ella no hubiera retomado sus estudios y le dije que había una posibilidad de estudiar a distancia que recién estaba abriendo la UNED con su Colegio Nacional Estatal a Distancia (CONED).
Y mis palabras no cayeron en saco roto, ya mi madre está en cuarto año de colegio. Va a tutorías, hace tareas y exámenes. Varias veces la he acompañado a retirar notas o dejar tareas y he sido testigo de que el CONED es un hervidero de gente humilde con ganas de salir adelante. Se ve gente joven y mayores también, casi todos trabajadores que no pueden darse el lujo de ir a clases todos los días.
Pero no toda la dicha dura. El Ministerio de Educación Pública decidió cerrar el CONED debido a su baja promoción. Este es el último año que aceptan alumnos nuevos.
Entonces yo me pregunto ¿será que la inversión en educación sólo se justifica si las promociones son buenas? ¿Se deben aplicar criterios productivos para cerrar una institución educativa? Pareciera que lo que procede no es el cierre, es revisar que es lo que está pasando. ¿Por qué la promoción es baja? No hay que ser muy brillante para entender que el público meta del CONED tiene dificultades en el tanto en su mayoría trabaja y sólo se apoya en tutorías que no son obligatorias, pero que es el sistema que le resulta para poder trabajar y estudiar al mismo tiempo. El sistema de educación a distancia no siempre le resulta a todo el mundo, pero el CONED se puede mejorar. Hay personas que la única oportunidad que tienen para terminar el bachillerato es el CONED que además funciona en todo el país. La decisión del MEP me parece nefasta y apresurada.
Afortunadamente, mi madre tiene la oportunidad de terminar el bachillerato en el CONED y ella ya está soñando con ir a la Universidad. Sé que hace algunos años esto le parecía del todo improbable, pero allí va agarrada a ese papalote que son los sueños y que basta con que sople buen viento para que alcancen buena altura.
La pulpería
Simplemente la pulpería de la esquina cerró hace años. Ahora abro yo una pulpería pequeña acá en un espacio de la web. Más ésta no es como la del pueblo, donde hay de todo, simplemente hay lo que pude conseguir.
miércoles, 15 de febrero de 2012
lunes, 2 de enero de 2012
Estrenando año y renovando sueños
En este estreno de año no tengo lista de propósitos. Hoy celebré la llegada del 2012 con un pedazo de torta chilena con un té negro sin azúcar. El 2011 me dejó un viaje intensísimo por la India y otro por Perú. El Lago Titicaca estaba en mi lista de maravillas por ver con mis ojos, en el 2011 lo conocí, junto con Machupicchu y Ollantaytambo.
En el 2011 volví una vez más, como quien camina en círculos, a la Facultad de Derecho, porque esto lo llevo dentro desde hace años, es un desquite que no puedo dejar ir, así que ahí estoy de nuevo y creo que seguiré yendo y viniendo hasta que el alma me quede liviana y pueda caminar recto.
Este 2012 sigo teniendo los mismos sueños inconclusos que tengo hace más de una década, pero también tengo mi pequeño baúl de recuerdos de sueños cumplidos. Eso me hace guardar la esperanza de que quizás este 2012 me regale uno de esos sueños grandotes y algunos otros más pequeños. Espero que a ustedes les regale muchas sonrisas y también por supuesto sueños cumplidos.
En el 2011 volví una vez más, como quien camina en círculos, a la Facultad de Derecho, porque esto lo llevo dentro desde hace años, es un desquite que no puedo dejar ir, así que ahí estoy de nuevo y creo que seguiré yendo y viniendo hasta que el alma me quede liviana y pueda caminar recto.
Este 2012 sigo teniendo los mismos sueños inconclusos que tengo hace más de una década, pero también tengo mi pequeño baúl de recuerdos de sueños cumplidos. Eso me hace guardar la esperanza de que quizás este 2012 me regale uno de esos sueños grandotes y algunos otros más pequeños. Espero que a ustedes les regale muchas sonrisas y también por supuesto sueños cumplidos.
sábado, 8 de octubre de 2011
Recorrido en bus
Siempre dicen que no es seguro viajar en autobús en algunos países de Centroamérica, pero yo a veces soy temeraria.
A Dana, mi amiga guatemalteca la conocí en la ruta Mixco- Zona 1 de Ciudad de Guatemala. No es la más segura sin lugar a dudas. Cuando los ojos de Dana tropezaron con mi ingenuidad y mi insensatez decidió cuidarme y me custodió hasta que llegué sana y salva a la zona 10. Y ya para eso, nuestras vidas se anudaron.
En otro viaje, Dana y yo volvimos a recorrernos la Zona 1 a pie y ella me enseñó sobre la arquitectura que le gustaba a Arbenz, aquello de los cuatro arcos que se repiten, simplemente para marcar territorio. Luego fuimos a la Catedral a leer los nombres de las víctimas del conflicto armado que están escritos en sus columnas. Los mandó tallar Monseñor Gerardi quien después fuera vilmente asesinado y el principal sospechoso de matarlo, según las autoridades, fue el perro Balú, quien que fue detenido por el hecho.
En San Salvador me subí en una microbús. La abordé en la Colonia Escalón para que me llevara al centro de San Salvador. Después otro señor muy amable me fue a dejar a la parada del otro bus que me iba a dejar cerca del periódico Co Latino. El señor estaba indignadísimo de que la gente me dijera que mejor tomara taxi, así que se encargó de explicarme muy bien todos los pasos a seguir para llegar a mi destino y lo logré.
En San Pedro Sula, el colega José Peraza en medio del golpe de Estado en Honduras me llevó hasta la ciudad de El Progreso en un autobús perteneciente a la familia del golpista Michelleti. Para que se me bajara el colerón fuimos a comer baliadas.
Nelson, mi amigo nicaragüense, me encaramó en bus rumbo a Masaya y hasta Diriamba llegué en una microbus pequeña que tomé frente a la UCA.
Hasta en la India me subí en bus, y en La Habana, en México y Lima, no hay mejor manera de conocer un lugar que viajar con su gente, con esa de a pie, que va para el trabajo o regresa del colegio. Conocer a las madres con sus hijos, a las señoras mayores, a los niños.
El autobús te da el chance de por lo menos por unos minutos coincidir con la vida cotidiana de los demás y de sabernos al final iguales, hermanados por esas latas y unas cuantas llantas.
A Dana, mi amiga guatemalteca la conocí en la ruta Mixco- Zona 1 de Ciudad de Guatemala. No es la más segura sin lugar a dudas. Cuando los ojos de Dana tropezaron con mi ingenuidad y mi insensatez decidió cuidarme y me custodió hasta que llegué sana y salva a la zona 10. Y ya para eso, nuestras vidas se anudaron.
En otro viaje, Dana y yo volvimos a recorrernos la Zona 1 a pie y ella me enseñó sobre la arquitectura que le gustaba a Arbenz, aquello de los cuatro arcos que se repiten, simplemente para marcar territorio. Luego fuimos a la Catedral a leer los nombres de las víctimas del conflicto armado que están escritos en sus columnas. Los mandó tallar Monseñor Gerardi quien después fuera vilmente asesinado y el principal sospechoso de matarlo, según las autoridades, fue el perro Balú, quien que fue detenido por el hecho.
En San Salvador me subí en una microbús. La abordé en la Colonia Escalón para que me llevara al centro de San Salvador. Después otro señor muy amable me fue a dejar a la parada del otro bus que me iba a dejar cerca del periódico Co Latino. El señor estaba indignadísimo de que la gente me dijera que mejor tomara taxi, así que se encargó de explicarme muy bien todos los pasos a seguir para llegar a mi destino y lo logré.
En San Pedro Sula, el colega José Peraza en medio del golpe de Estado en Honduras me llevó hasta la ciudad de El Progreso en un autobús perteneciente a la familia del golpista Michelleti. Para que se me bajara el colerón fuimos a comer baliadas.
Nelson, mi amigo nicaragüense, me encaramó en bus rumbo a Masaya y hasta Diriamba llegué en una microbus pequeña que tomé frente a la UCA.
Hasta en la India me subí en bus, y en La Habana, en México y Lima, no hay mejor manera de conocer un lugar que viajar con su gente, con esa de a pie, que va para el trabajo o regresa del colegio. Conocer a las madres con sus hijos, a las señoras mayores, a los niños.
El autobús te da el chance de por lo menos por unos minutos coincidir con la vida cotidiana de los demás y de sabernos al final iguales, hermanados por esas latas y unas cuantas llantas.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Recuerdos habaneros
Calle 13 con su nuevo vídeo me destapó la Caja Pandora de los recuerdos.
"Un cañaveral bajo el sol en Cuba"
Vos y yo bajo el cielo de La Habana embriagados de besos. ¿Te acordás del Malecón? Enloqueciste y te tiraste al mar. Te compré un libro de guitarra, porque en el medio de esa isla de fijo te inspiraba tocar.
Recuerdo aquel nudo de centroamericanos perdiéndonos por las callecitas de la Habana Vieja hasta que frente a la Catedral tropezamos con una guitarra y tres voces. Y entonces los cubanos y nosotros nos hicimos un solo ramo de identidad y empezamos a cantar juntos, mientras el cielo estrellado del Mar Caribe nos miraba desgalillarnos.
Bailamos salsa casino, mientras las olas reventaban muy cerca del Teatro Karl Marx. Ahí me di cuenta que las manos se tuercen de manera diferente de país a país, que las vueltas son al revés, o simplemente diferentes a la salsa que bailamos los costarricenses.
Aquella noche enloquecimos de calor habanero, de ron de coco, de humo de cigarrillo y nos besamos desenfrenadamente, como nunca jamás en la vida lo íbamos a volver a hacer.
"Un cañaveral bajo el sol en Cuba"
Vos y yo bajo el cielo de La Habana embriagados de besos. ¿Te acordás del Malecón? Enloqueciste y te tiraste al mar. Te compré un libro de guitarra, porque en el medio de esa isla de fijo te inspiraba tocar.
Recuerdo aquel nudo de centroamericanos perdiéndonos por las callecitas de la Habana Vieja hasta que frente a la Catedral tropezamos con una guitarra y tres voces. Y entonces los cubanos y nosotros nos hicimos un solo ramo de identidad y empezamos a cantar juntos, mientras el cielo estrellado del Mar Caribe nos miraba desgalillarnos.
Bailamos salsa casino, mientras las olas reventaban muy cerca del Teatro Karl Marx. Ahí me di cuenta que las manos se tuercen de manera diferente de país a país, que las vueltas son al revés, o simplemente diferentes a la salsa que bailamos los costarricenses.
Aquella noche enloquecimos de calor habanero, de ron de coco, de humo de cigarrillo y nos besamos desenfrenadamente, como nunca jamás en la vida lo íbamos a volver a hacer.
martes, 16 de agosto de 2011
Los perseguidores
I
En algún tiempo anterior, muy anterior, fue su familia. Lo supo porque lo vió en su inconciente, mientras le buscaba explicaciones a su incapacidad (la de él) de dejar ir esa historia, pero sabían que eso no era posible, que este no era su tiempo. Que se volverían a ver, cuando fueran gatos.
II
Lo conocía de antes, de antes de esta vida. Estaba segura, porque estaban en la misma frecuencia de alguna manera inexplicable. Él al norte, ella al sur. En algún momento sus almas se encontraron y como manda el karma o el dharma se reconocieron sin saberlo, sin explicárselo, pero el resto de ellos mismos reconoció el hilo transparente que une sus dos historias aparentemente inconexas. Y ninguno de los dos quizo dejarlo ir.
III
A este lo vio perdido como ella, abandonado como ella. Y son dos gatos que se lamen las heridas, solos sobre el tejado. No hay hilos del pasado, esta vida es suficiente para ellos dos.
¿Por qué naciste allí? ¿Y vos, porque naciste allá?
En algún tiempo anterior, muy anterior, fue su familia. Lo supo porque lo vió en su inconciente, mientras le buscaba explicaciones a su incapacidad (la de él) de dejar ir esa historia, pero sabían que eso no era posible, que este no era su tiempo. Que se volverían a ver, cuando fueran gatos.
II
Lo conocía de antes, de antes de esta vida. Estaba segura, porque estaban en la misma frecuencia de alguna manera inexplicable. Él al norte, ella al sur. En algún momento sus almas se encontraron y como manda el karma o el dharma se reconocieron sin saberlo, sin explicárselo, pero el resto de ellos mismos reconoció el hilo transparente que une sus dos historias aparentemente inconexas. Y ninguno de los dos quizo dejarlo ir.
III
A este lo vio perdido como ella, abandonado como ella. Y son dos gatos que se lamen las heridas, solos sobre el tejado. No hay hilos del pasado, esta vida es suficiente para ellos dos.
¿Por qué naciste allí? ¿Y vos, porque naciste allá?
martes, 2 de agosto de 2011
Regreso sensorial a India
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El Ganges al amanecer, decenas de botecitos se mecen en sus aguas dejando las primeras ofrendas del día.
Hoy regresé a la India por medio del sentido del gusto. Han pasado casi seis meses y no fue hasta hoy que me atreví a abrir una cajita de masala chai que me compré en una esquinita del Main Bazar.
El viaje fue tan abrumador para mí que me tomó todo este tiempo querer volver a sentir a la India. La pobreza, el analfabetismo, la suciedad es como una bofetada en plena cara. Sin embargo, no es posible irse con sólo eso, sería muy mezquino e injusto. La India es un país de historias sublimes.
El chai me trajó a la memoria el tren, ese enorme gusano de lata que recorre ese país enorme. Yo me quedaba ida mirando las extensas plantaciones, el amanecer, los niños redondeando con sus manos la boñiga de las vacas, las mujeres con sus saris multicolores.
Me tomé tantos chais en la India, algunos regalados, muchos comprados, y es que cualquiera en India te regala un chai, desde el anciano más venerable, hasta el adolescente más granuja. Yo también invité a chais. Y es que en ese poco de té con leche y especias se encierra muchísimo de la India, de su generosidad, de su sabor dulce y picante a la vez, de la necesidad de calentarse por dentro, de compartir...
Hoy volví a la India y recordé el chai frente al Ganges, el de la estación del tren, del que me tomé frente al Taj, el que compartí con Kumar, con el abuelito del Maruhad Express train, etc.
Cuando volví no estaba segura de querer volver al subcontinente asiático, hoy la lengua me traiciona.
domingo, 10 de abril de 2011
María
María era una señora grande, con unas manos enormes y era una excelente cocinera. Cuando llegué a su casa con mis seis años a cuestas, mi eterna delgadez y los colochos rebeldes ella se prometió a sí misma y a mi madre que me iba a engordar. Nunca lo logró. No fue sino hasta los doce años cuando se me dejaron de ver los huesos.
Sin embargo, ella me dio algo más que comida. Me adoptó como una más en su familia. Yo era una nieta más a la que había que darle una pata de pollo como a todos los demás chiquillos de la casa. Yo me quedaba viéndola cuando todas las mañanas hacía las tortillas. No crean, nunca aprendí a hacerlas. María tomaba la masa cruda y la empapaba con frijoles calientes y me la daba. Me mandaba al gallinero a buscarle huevos y a atraparle a la desafortunada gallina que debía ser cocinada ese día.
Pasé días sumamente felices en su casa. Jugaba en la piscina de los patos, perseguía gallinas, veía a los pollitos nacer y buscaba tesoros en el basurero de la casa. Me podía quedar horas viendo a Mero, su esposo, hacer escobas. Me iba a jugar en su jardín, en el corredor, en el lugar donde guardaba la madera que ella usaba para cocinar. Jugaba con mis otros cómplices, Rigo y María, sus nietos a las bolinchas, a los cantantes, a lo que se nos ocurriera. Los sábados se hacían chicarrones para que Mario, su hijo los vendiera en la carnicería. Ella siempre le pedía a Rodo, su otro hijo, que me diera los mejores chicharrones de carne y yo me atiborraba de carne hasta quedar hastiada.
Hoy fui a despedirme de María y se me vinieron esta avalancha de recuerdos hermosos y no pude evitar llorar. Cuando cumplí quince años ella lo recordó y me regaló un álbum de fotografías. Nunca le dije que ella me había regalado un montón de buenos recuerdos de mi infancia.
No todo fue miel sobre hojuelas. Un día, María me pegó, pero de todos los manazos de mi infancia, sé que ese lo merecí, y fue el único que recibí en los más de dos años que ella me cuidó. Y si dolió, pero lo que más aprecié de ella es que siempre me trató con justicia.
Hoy se me fue una abuela al cielo. Aunque la vi pocas veces en estos últimos años, ese niña flaca de siete años la va a extrañar siempre.
Hasta siempre María.
*María no fue mi verdadera abuela, fue una abuela adoptada.
Sin embargo, ella me dio algo más que comida. Me adoptó como una más en su familia. Yo era una nieta más a la que había que darle una pata de pollo como a todos los demás chiquillos de la casa. Yo me quedaba viéndola cuando todas las mañanas hacía las tortillas. No crean, nunca aprendí a hacerlas. María tomaba la masa cruda y la empapaba con frijoles calientes y me la daba. Me mandaba al gallinero a buscarle huevos y a atraparle a la desafortunada gallina que debía ser cocinada ese día.
Pasé días sumamente felices en su casa. Jugaba en la piscina de los patos, perseguía gallinas, veía a los pollitos nacer y buscaba tesoros en el basurero de la casa. Me podía quedar horas viendo a Mero, su esposo, hacer escobas. Me iba a jugar en su jardín, en el corredor, en el lugar donde guardaba la madera que ella usaba para cocinar. Jugaba con mis otros cómplices, Rigo y María, sus nietos a las bolinchas, a los cantantes, a lo que se nos ocurriera. Los sábados se hacían chicarrones para que Mario, su hijo los vendiera en la carnicería. Ella siempre le pedía a Rodo, su otro hijo, que me diera los mejores chicharrones de carne y yo me atiborraba de carne hasta quedar hastiada.
Hoy fui a despedirme de María y se me vinieron esta avalancha de recuerdos hermosos y no pude evitar llorar. Cuando cumplí quince años ella lo recordó y me regaló un álbum de fotografías. Nunca le dije que ella me había regalado un montón de buenos recuerdos de mi infancia.
No todo fue miel sobre hojuelas. Un día, María me pegó, pero de todos los manazos de mi infancia, sé que ese lo merecí, y fue el único que recibí en los más de dos años que ella me cuidó. Y si dolió, pero lo que más aprecié de ella es que siempre me trató con justicia.
Hoy se me fue una abuela al cielo. Aunque la vi pocas veces en estos últimos años, ese niña flaca de siete años la va a extrañar siempre.
Hasta siempre María.
*María no fue mi verdadera abuela, fue una abuela adoptada.
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